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San Agustín y San J.H. Newman, ¿profetas para la modernidad?

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La mañana del sábado 7 de marzo, a las 11:00, el Encuentro Sevilla acogió uno de los diálogos más íntimos y personales de esta edición: “San Agustín y San John Henry Newman, ¿profetas para la modernidad?”. El encuentro contó con la participación de Paul Hitchings y don Fulgencio Espa, moderados por Carmen Velasco.

La conversación comenzó con una pregunta sencilla ¿Quiénes son realmente estos dos hombres separados por siglos de historia? Para responder, don Fulgencio miró primero a San Agustín de Hipona. “Nos separan más de 1600 años -explicó- y, sin embargo, sigue hablando al corazón del hombre de hoy”. Destacó en él una capacidad extraordinaria para reconocer los hechos de la vida y leer en ellos la acción de Dios. Agustín, recordó, no nació creyente: su fe fue el fruto de un camino, de una conversión en la que acabó reconociendo una presencia que al principio no buscaba.

Después, Carmen Velasco dirigió la misma pregunta a Paul Hitchings: ¿quién es John Henry Newman? Hitchings describió a Newman como un hombre atravesado por varias conversiones a lo largo de su vida: desde su juventud en el anglicanismo hasta su paso al catolicismo en la Inglaterra del siglo XIX. “Es alguien que sigue hablándonos hoy”, señaló, porque su búsqueda y sus preguntas siguen siendo profundamente modernas.

Pero el diálogo pronto dejó de ser una lección de historia para convertirse en un relato de experiencia personal. Don Fulgencio contó cómo su encuentro con Newman llegó a través de una amistad y de la lectura compartida. Junto a otros jóvenes seminaristas comenzaron a reunirse cada mes para estudiar sus textos en lo que llamaron el “club Newman”. Aquella experiencia, que incluso les llevó a presentar su trabajo en EncuentroMadrid, fue abriendo también el camino hacia Agustín. “De alguna manera -bromeó- por eso estoy hoy aquí”.

En ese camino, explicó, descubrió que los santos no son figuras lejanas o inalcanzables, sino hombres que salen al encuentro y ofrecen una promesa de vida posible. Por eso, cuando habla con jóvenes sobre Agustín o Newman, a menudo escucha algo sorprendente: “Muchos dicen que son los únicos en su casa que creen en la vida eterna. Eso ya es santidad: un corazón despierto que mira la belleza del mundo”.

Paul Hitchings, por su parte, compartió su propio recorrido. Tampoco él -confesó-conoció a Dios de manera inmediata. En su juventud buscaba comprender lo que le sucedía y empezó a escribirlo en un cuaderno. En ese camino apareció Ana, su mujer, en Brujas, vinculada al movimiento de Comunión y Liberación. Su relación, las preguntas sobre el matrimonio y el sentido de su vida le llevaron a encontrarse con un sacerdote que marcó su historia con una palabra decisiva: verificar.

“Estamos llamados a verificar nuestra experiencia”, recordó. Aceptó esa provocación y comenzó un camino en el que más tarde apareció Newman, cuya historia reconoció sorprendentemente cercana a la suya. “Encontrarme con él ha sido un privilegio que llevo tatuado en el corazón”, confesó.

La conversación se detuvo entonces en la libertad del camino humano. Para don Fulgencio, la fe no es una imposición, sino una respuesta libre a algo que uno reconoce como verdadero. “Elegimos un rostro al que seguir”, explicó. Y ese rostro, añadió, es finalmente el de Jesús de Nazaret, que se hace visible a través de personas concretas, también a través de santos como Agustín o Newman.

Paul Hitchings llevó esa reflexión a su propia vida, recordando uno de los momentos más difíciles que ha atravesado: la enfermedad de su esposa. Cuando recibió la noticia de su cáncer, confesó, se sintió profundamente solo. Sin embargo, en medio de aquella prueba descubrió algo inesperado: una mirada nueva entre ambos, un amor más puro y más verdadero. “Me había enamorado más”, dijo con sencillez.

El diálogo concluyó con una certeza compartida: la vida de hombres como Agustín y Newman no terminó con su muerte. Sigue viva porque tocó algo permanente del corazón humano.

“La vida del hombre no acaba con su muerte- concluyó Fulgencio-, porque todo perdura en la historia, en tus amigos, en tus nietos, en tus hijos, en tu mujer, en tu marido, en el trabajo, en la vida. Es lo que le paso a San Agustín y San John Henry Newman. Su vida no acabó con su muerte, porque hablan al corazón más íntimo del hombre».

En el marco de EncuentroSevilla, su testimonio se convirtió así en una invitación sencilla y exigente a la vez: mantener el corazón despierto y seguir verificando en la propia vida esa promesa de plenitud que el ser humano no deja de buscar.